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Declaración Final del XX Seminario Internacional Problemas de la Revolución en América Latina

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Hoy culminó el XX Seminario Internacional Problemas de la Revolución en América Latina, en el que participaron delegaciones de 16 países, incluyendo representaciones de Europa y Asia. El evento, que inició el pasado miércoles 27 de julio, analizó la actitud política de las organizaciones de izquierdas frente a los denominados gobiernos progresistas o alternativos de la región. El seminario aprobó una declaración -que transcribimos a continuación- que resume el contendio de las conlcusiones del debate.

Al cabo de poco más una década, América Latina asiste al ocaso del ciclo de los autodenominados gobiernos progresistas o alternativos presentes en varios países de la región, período en el que se han producido importantes fenómenos políticos y sociales que requieren ser sistematizados y adecuadamente valorados para continuar con nuestra acción en pro de materializar los objetivos estratégicos: la emancipación de los trabajadores y los pueblos y la conquista de una sociedad de equidad, en la que se ponga fin al dominio del capital y de sus propietarios.

La emersión de estos regímenes fue el resultado del agotamiento de los gobiernos neoliberales que, por efecto de su política económica, pauperizó a las masas trabajadoras, profundizó las desigualdades sociales y fortaleció la presencia del capital financiero imperialista con las secuelas que eso genera, todo lo cual provocó el cansancio y repudio de los pueblos a sus gobernantes que se expresó en masivas protestas, en levantamientos populares que inclusive pusieron fin a varios gobiernos en diversos países.

Los principales exponentes de estos gobiernos tuvieron la habilidad de cosechar el descontento popular presentando como suyas las exigencias, las reivindicaciones y propuestas por las que las masas lucharon durante todo el período neoliberal y que –inclusive- formaban parte del acervo político de las organizaciones de izquierda y revolucionarias. Es pertinente advertir que entre estos gobiernos existieron diferencias, pues, algunos de ellos que igualmente enarbolaron las reivindicaciones populares desde un inicio respondieron abiertamente a  sectores de las clases dominantes.

En el esfuerzo por disputar la influencia ideológica y política de las masas con las distintas facciones de las clases dominantes y a fin de acumular fuerzas para la revolución fue correcto el apoyo que en un inicio brindamos a algunos de esos gobiernos. Nunca asumimos que su presencia implicaba la apertura de un período revolucionario y menos que tengan tal connotación. Entendimos que se abría la posibilidad de llevar la lucha y exigencias de las masas a niveles más altos, que surjan canales para la politización de los trabajadores y los pueblos, para agitar con mayor amplitud las banderas antiimperialistas y antioligárquicas; visualizamos también que aquellos que aparecían como los más avanzados podían someterse ante las presiones de las clases dominantes criollas y del imperialismo, como efectivamente sucedió, traicionando las expectativas y anhelo de cambio de los pueblos. 

El positivo período económico que vivió la región –particularmente por el alto precio de las materias primas en los mercados internacionales- permitió a esos gobiernos la ejecución de una política social demandada por las masas que reforzó el apoyo de éstas a su gestión; sin embargo, al mismo tiempo articularon medidas para reforzar el dominio del capital, la penetración de capitales extranjeros (particularmente chinos) y la creación de un marco jurídico represivo, antidemocrático en el que se han apoyado para criminalizar la protesta social e intentar contrarrestar toda expresión política de oposición. Unos más rápido que otros iniciaron procesos de derechización hasta llegar al punto en que hoy son conocidos: representantes y defensores de los intereses de las clases dominantes, instrumentos de éstas para superar ese largo período de conflictividad social que vivió América Latina durante los gobiernos neoliberales, calificado como un período de ingobernabilidad.

Durante estos gobiernos se ha reforzado el poder de distintas facciones burguesas y de las clases dominantes en general, se ha abierto las puertas al capital financiero imperialista –particularmente de China, aunque es evidente el predominio que el imperialismo estadounidense mantiene en la región-, se ha fortalecido la institucionalidad burguesa y todo ello tras un discurso aparentemente revolucionario, izquierdista e inclusive a nombre de un supuesto socialismo renovado. En realidad, se trata de proyectos políticos de contenido reformista, desarrollista, nacidos y sostenidos por determinadas facciones burguesas y sectores oligárquicos. Es evidente que la presencia de estos gobiernos afectó ideológica y políticamente al movimiento popular que –transitoriamente- atravesó por un período de reflujo, expectante de que los cambios vengan. La influencia de los partidos y movimientos revolucionarios en el campo popular también se vio afectada en alguna medida.

Sin embargo, ello no anuló la resistencia, la lucha de los trabajadores, de la juventud y de los pueblos en contra de las políticas antipopulares que estos gobiernos han aplicado. Hoy no solo hablamos de una reanimación de la protesta, sino de su plena recuperación y la lucha de masas ha permitido desenmascarar la naturaleza reaccionaria de estos regímenes. Los graves problemas económicos que ahora afectan a los países latinoamericanos, que nos lleva a hablar de la existencia de un período de crisis, han contribuido al mayor desenmascaramiento y decadencia de estos gobiernos, pues, para hacer frente a la crisis reproducen las consabidas medidas adoptadas por sus similares abiertamente de derecha, que buscan descargar la crisis sobre los hombros de los trabajadores y los pueblos.

Los gobiernos latinoamericanos que no forman parte de este bloque de autodenominados progresistas o alternativos han continuado con la aplicación de la tradicional política antipopular y antinacional, de afectación a las condiciones de vida de las masas trabajadoras. Pero hay un hecho sintomático, existen ámbitos en los que los “progresistas” y los otros coinciden en la adopción de determinadas políticas, como en la legislación laboral, penal, el control de los medios de comunicación, etc.

En este nuevo escenario, los revolucionarios tenemos la responsabilidad de trabajar para capitalizar lo máximo posible el descontento de las masas, para fortalecer nuestras fuerzas y el movimiento revolucionario en general. Las particulares condiciones existentes en cada país determinan las formas organizativas y de lucha que corresponden para cumplir esos propósitos; somos conscientes que en general debemos trabajar para que los trabajadores y los pueblos tengan una alternativa política, para que vean en las propuestas de la izquierda revolucionaria y del socialismo científico la salida para  alcanzar su emancipación con la conquista del poder.

Los asistentes a este Seminario Internacional expresamos nuestra solidaridad y voz de aliento con los trabajadores y los pueblos del mundo que luchan por sus derechos, contra la opresión, contra la discriminación, contra el saqueo imperialista, por libertad y democracia. Hacemos nuestros sus combates, juntos romperemos las cadenas de la explotación y dominación y liberaremos a la humanidad del dominio del capital.

Quito, 29 de julio de 2016

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