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Lengua y pueblo

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ndicepor Francisco Garzón Valarezo

"Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, (…) los intereses de una u otra clase." Lenin.

Con motivo de la celebración del Día del libro la editorial Espasa publicó hace poco la obra titulada “Las 101 cagadas del Español” escrita por María Irazusta en el que resume un “bestiario de desafueros lingüísticos”. No llega por acá todavía ese libro pero tengo la seguridad que en ese “bestiario” debe estar incluido el bárbaro “todas y todos, los y las”.

Aclaro que no soy lingüista, ni académico, ni purista, ni filólogo, solo tengo a mi favor el haber sido alumno de una maestra excepcional, doña Blanca Briones de Montesinos, cuyas enseñanzas y reglazos fijaron las bases para desarrollar un aprendizaje elemental en el caso de nuestra lengua. Antes de que Colón llegue a América -revelaba ella- ya había en España adefesiosos que decían “los moros y las moras, los vascos y las vascas, pero este ridículo no se ha logrado imponer y nunca se impondrá porque simplemente va en contra de la naturaleza del idioma”.

“Son los burgueses los interesados en ensuciar y ofuscar la claridad de la lengua,” saben que desde el Poder la pueden alterar para sacarle provecho. Aplicaron con ironía el eufemismo “reajuste de precios” para subir los precios, “flexibilización laboral” para recortar derechos de los trabajadores, “libre empresa” para defender el capitalismo. El actual gobierno también ha creado sus palabrejas, dice “externalización” para no decir tercerización, dice “terrorista” para descalificar al luchador social, dice “traspaso de fondos” por incautación, e incluso llega a mancillar palabras hermosas como revolución o socialismo. Es el promotor del “todos y todas” porque pretende que cambiando la forma de hablar se van a lograr victorias a favor de los derechos de la mujer, cuando en la realidad busca aplastar las voces de las que pugnan por hacerse oír.

Hasta aquí todo bien… desde el punto de vista del Poder.

Lo extraño y confuso del caso es que unos pocos militantes de la izquierda se hayan hecho cargo de repetir esta lata porque a lo mejor la consideran progresista. Stalin preguntaba: “¿Quién puede necesitar que la variación de los vocablos en la lengua y su combinación en las oraciones no se hagan con arreglo a la gramática existente, (…) ¿Qué provecho obtiene la revolución con semejante cambio en la lengua?

No obtiene ningún provecho don Stalin, al contrario la revolución se perjudica, porque quienes no hablan con arreglo a la lengua del pueblo ponen una barrera idiomática entre ellos y la gente. Lenin también opinó sobre el tema y sin mucho lere-lere dejó para nuestros chuscos oradores una frase lapidaria: “campo abierto a las ideas y muy acotado a las palabras.”

Para justificar su desvarío los pretendidos innovadores del idioma argumentan la “invisibilización”[i] (sic) de la mujer y a lo mejor deducen que al nombrarla ya se solucionan los problemas sociales que ella afronta, pero surge en el acto la inquietud de por qué no se nombra a los otros discriminados como los negros, los indios, los homosexuales, los jóvenes, los montubios.

Otra excusa es el presumido lenguaje “políticamente correcto,” frente a lo cual don Gregorio Salvador Caja, anciano belicoso pese a la edad y académico de la Real Academia de la Lengua, sin ser marxista ni revolucionario ni nada expresa que el lenguaje del todas y todos es “estúpidamente incorrecto.”

Tal vez en el tiempo de Stalin no se hablaba de lenguaje “políticamente correcto” pero algún cuchicheo debe haber habido porque el jefe ruso sentenció: “Sólo la ignorancia en cuanto al marxismo y la incomprensión absoluta de la naturaleza de la lengua han podido sugerir a algunos de nuestros camaradas (…) la fábula de las lenguas «de clase», de las gramáticas «de clase»”.

Tengamos en cuenta que Stalin no dice camaradas y camarados ni ningún orador destacado de la historia como Bolívar, Che Guevara, Jaime Hurtado. Los clásicos de la literatura ecuatoriana no utilizaron jamás ese fastidio del todas y todos. Alfaro dirigía sus proclamas al pueblo diciéndole compatriotas, los llamaba conciudadanos, guayaquileños, quiteños, ecuatorianos, pero jamás todas y todos.

Tampoco es válido el argumento de la evolución de la lengua, porque si bien es cierto que evoluciona lo hace de acuerdo a sus reglas, a sus normas en procesos que duran siglos. El Quijote de la Mancha, obra cumbre de la lengua española fue publicado en 1605, hace 409 años y cualquier lector de condición media la puede entender sin problema.

El hecho de que la Constitución y las comunicaciones oficiales redactadas por analfabetos de la lengua estén repletas de todas y todos de los y las no es obligación para que la izquierda se sume a la agresión de nuestro idioma, pues: “El lenguaje no lo hace el poder, no lo hace la academia, no lo hace la iglesia, no lo hacen los escritores. Lo hacen los cazadores, los pescadores, los campesinos, es el lenguaje del alba, es el lenguaje de la noche. “(Lingüista Ivonne Bordelois).

Ni la burocracia ni el Poder tienen capacidad para determinar cómo se debe hablar, ni siquiera la Academia puede hacerlo. De la Cuadra, Enrique Gil, Icaza, Aguilera Malta, Alfredo Pareja, crearon los más bellos relatos de la literatura tomando el habla del montubio, del indio, de la gente del suburbio que nunca fue a la escuela.

Por ello los oradores de izquierda deben hablar pensando en el pueblo, no en esa supuesta élite de hablantes pulidos, de erudición barata. El discurso debe ser captado por la gente iletrada, sencilla, por los humildes, por los niños, dando a entender que el que habla está a la misma altura del que escucha, mucho más cuando se trata de expresar ideas políticas. El que dice todas y todos, los y las, ofende al proletario, al campesino porque desprecia su lengua y solo está mostrando de forma inconsciente su servilismo y vasallaje a quienes ejercen el Poder y lo usan para torcer la marcha, la historia y la lengua del pueblo.

Algunos políticos burgueses no tienen el valor de hablar como piensan, por eso recurren al enredo, a la palabrería insípida, al discurso pesado. Si el actual gobierno fuera sincero no se reconocería revolucionario, si fuera valiente diría que es neoliberal, de derecha, pero no lo hace porque perdería la aceptación captada mediante la manipulación del lenguaje. El todas y todos, el los y las pertenece a la jerga de políticos corruptos de esos que tienen la cabeza desmantelada de ideas y que procura rellenar su discurso con una locuacidad insulsa para pasar como ilustrados y pretender que el obrero se sienta como un pendejo.

El lenguaje es regido por normas de gran complejidad que todos los hablantes captan por instinto y dominan sin notarlo a través de un pacto automático y universal, solo nos basta aplicar el oído con mínima atención, para sentir un porrazo en el tímpano cuando oímos todas y todos, los y las. Por eso a nadie que se sienta en su sano juicio se le ocurrirá decir camaradas y camarados, la guagua y el guaguo, el monstro y la monstrua, la criatura y el criaturo, buey y bueya y si lo hiciere se estaría convirtiendo en candidato seguro para recluirlo en el manicomio más cercano. 



[i]  Palabra que ni siquiera consta en el diccionario y que se usa como equivalente a discrimen”

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