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1 de octubre, día del pasillo

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“No solo canta el que canta,

que también canta el que llora…

no hay penita ni alegría

que no se quede sin su copla.”

por Francisco Garzón Valarezo

Mi relación con el pasillo fue prematura. Tendría unos ocho años cuando comencé a frecuentar las cantinas de Machala. Cualquier día, a cualquier hora, entraba a la Salsipuedes, a la Tibiri-tábara, a la Cangrejita, a la Jaula, al Rancho Alegre, al Barquito o a cualquier otro cuchitril donde me ahogaba la fragancia lujuriosa de la guanchaca.

Del Tibiri-tábara se decía que era un salón de prestigio. El ingreso era amplio pero los borrachos considerados entre sí como gente decorosa, se protegían de las miradas de los sapos con un tablero plantado en la entrada que tenía dibujado un perico de cabeza roja que marchaba dándole a un bombo. El piso era de tierra siempre limpia, cuatro sillas de madera pintadas de celeste claro rodeaban las mesas. Una rocola pegada a la pared nunca dejaba de cantar pasillos.

Cerca al mostrador había un saco de aserrín que servía para tapar los vómitos de los borrachos principiantes.

Cumplía en esos andares una misión delicada. Enviado por mi madre, debía  ganar la voluntad de mi padre para llevarlo a casa porque el hombre jalaba puro como descosido. Casi nunca lo conseguía. Las razones de sus amigos eran tenaces para impedirle la salida y a mí me adulaban con unas monedas y una Pepsi que me tomaba junto a la rocola. Además me encargaban la selección de los discos. Panchito, “Sendas Distintas” me decían y yo sabía la clave para que ese pasillo suene, eran las teclas F7; “Náufrago de Amor”, me gritaban y oprimía R2; “La Oración del Olvido” era M3. A fuerza de oír los pasillos me nació el cariño a nuestra música, esas poesías cantadas desataron en mí vendavales de ternura que me llevaban al fondo de la sensibilidad. Aquellos lejanos momentos fueron la aurora que fascinó mi amor por el pasillo y me arrullaron el alma para siempre.

Siempre oí decir que a la gente no le gustaba el pasillo, pero ya de viejo aprendí que evitan oírlo porque no soportan la emoción de sus versos, deben mostrarse rudos ante una sociedad que los reclama fuertes. “Prefiero emplutarme oyendo cumbia, bachata, pero pasillos no, me matan”.

A más de las visitas a las cantinas, en el barrio hambriento de Las Tolas donde nací, vivían los Jácome, los Quinde, los Pote, los Rambay. Era una cofradía cerrada de marisqueros, y pescadores que se reunían los sábados, las fiestas patria, las fiestas patronales, las fiestas religiosas, las fiestas paganas, las fiestas de cumpleaños, los bautizos, los velorios y cada que les daba la gana para ajumarse con tragos recios de aguardiente. La música nostálgica que escuchaban atizaba su melancolía. Crecí escuchando el ritmo adolorido de sus coplas:

Me voy a tirar al mar / que las fieras me devoren / no quiero que mi alma sufra / no quiero que mi alma llore.

En los días que no bebía, mi padre seguía con su entusiasmo musical. Bailaba con las melodías de radio Huancavilca, y en las bulliciosas jaranas de los compadres disfrutaba de la alegre música costeña:

Que empiece breve la fiesta / y en ella reina serás / y yo seré por apuesta / tu pobre negro no más.

Era el que más se divertía. En las nieblas de mis memorias lo veo marcando el paso festivo de los pasillos, de aquellos lejanos, muy lejanos que en su día bailaron los guerrilleros de Alfaro junto a las valientes mujeres que los acompañaron en las batallas del liberalismo.

Nuestra canción tuvo sus inicios en la aristocracia ecuatoriana y fue el pueblo quien lo arrebató de ese entorno, en donde eran melodías instrumentales y lo metió en su ambiente para darle primero un toque de música protesta. Entre los primeros pasillos encontramos uno llamado “La Igualdad”, quizá la primera canción protesta del Ecuador:

 “Yo quiero la igualdad ya que la suerte / es común en el punto de partida, / si todos somos iguales en la muerte /que todos seamos iguales en la vida”.

No en vano se dice que la creación artística del pueblo florece en los momentos cruciales de la historia. El pasillo llegó en las guerras de la independencia, refinó su lírica en las luchas del liberalismo y se robusteció en las revueltas políticas de la primera mitad del siglo pasado.

Se tomó como fecha de celebración del Día del Pasillo el 1 de octubre por cuanto es el natalicio de Julio Jaramillo ocurrido en 1935 en Guayaquil. 

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