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El Yasuní de la costa

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Cayancaspor Francisco Garzón Valarezo

En una de esas tardes ardientes de febrero entré a la camaronera Cayancas, en Arenillas, y lo primero que me extrañó fueron las miles de banderas verdes de la 35 ubicadas en los contornos de las piscinas vacías; lo segundo, la inmensidad de las camaroneras; y, lo tercero, el abandono en que estaban.

-           Por qué hay tanta bandera si por aquí no viene nadie.

-           Es que iba a venir el presidente.

-           ¿Iba? ¿Quieres decir que no vino?

-           No. Después dijeron que volaría en helicóptero, pero ni eso.

En El Oro se conoce a Cayancas como la camaronera de los militares. Fue una zona enorme de manglares rojos y en terrenos más altos existió un bosque de robles, guayacanes, cascoles, algarrobos y dicen los que saben que allí habitó una extraña especie de ceibo. Fueron tierras vírgenes por milenios, pero todo fue arrasado para construir las piscinas. Los colosales árboles de maderas tenaces fueron vencidos por el filo cruel de las moto sierras, y ese bosque bello y fragante, repleto de colores rabiosos fue derribado.

Pero todo fue por la patria, por el progreso, por los más humildes; fue por la educación, por la salud y la vivienda, argumento del que se sirvieron los sabios de toda la vida que dijeron que esos bosques eran “área de desarrollo camaronero”. Cada año Cayancas botaba una utilidad de seis millones de dólares pero el detalle insignificante es que nadie sabe adónde iban a parar.

En el 71 fue creada la Reserva Ecológica Militar Arenillas con 17.000 hectáreas; después, el 93 se fijó que cerca de 3.000 hectáreas se conviertan en camaroneras y ahora se entregan esas camaroneras a una cooperativa de “comuneros” dentro de la falacia del “Plan Tierras”. Suena bien, pero el caso tiene una historia de muchos años cuando se formó la Asociación de Campesinos sin Tierra y solo en medio de la última campaña electoral se enterneció el sensible corazón de los revolucionarios que deciden entregar los miles de hectáreas que venían pidiendo por tanto tiempo. Al gobierno no le sirvió de nada porque ninguno de sus candidatos ganó las elecciones en Arenillas ni en Huaquillas.

Suena bien que se diga que la tierra es para quien la trabaja, pero resulta que ninguno de los dirigentes de esas agrupaciones es campesino ni comunero, y quién sabe si muchos de sus socios. Lo que si se sabe es que una vez entregadas las camaroneras los cabecillas siguen recibiendo socios y cobrando dos mil dólares por ingreso, y el que no tiene le aceptan mil, pero queda debiendo el resto, y los miembros admitidos deben pagar mil dólares para echar a andar el negocio y si no tienen le aceptan quinientos pero queda debiendo el resto.

A cualquier ecologista le conmovería el paisaje desolado de Cayancas, y más, si a eso de la seis de la tarde le toca mirar el movimiento atolondrado de los millares de garzas angustiadas que buscan sus nidos en los arbustos ralos del mangle que han nacido en los márgenes del reservorio. Es su último habitad.

A lo mejor no hay petróleo en la Reserva Ecológica de Arenillas, ni oro, ni cobre, solo hay plantas que se adaptaron a vivir en condiciones de extrema sequía, una laguna paradisiaca que de feo solo tiene el nombre de Viernes Santo porque los chamanes criollos solían y suelen ir en ese día a capturar lagartos de aspecto y colores asombrosos para sus rituales. Una fundación llamada Arco Iris realizó un plan para el manejo de la Reserva Ecológica y los datos del estudio señalaron la cantidad enorme de variedades de árboles, aves, mamíferos, flores, anfibios y reptiles; y antes, en el 86 una institución estatal también elaboró un Plan de Manejo Ambiental para la Reserva pero nadie se tomó la molestia de acogerlo.  

El parloteo engreído del gobierno sobre la defensa ambiental solo queda en hojarasca. La demagogia electoral pudo más que la razón al entregar la Reserva Ecológica para cultivar la tierra en un lugar donde no hay agua para riego y en donde no llueve desde hace más de quinientos años. Desmembrar la Reserva Ecológica de Arenillas para adjudicarlas a “organizaciones sociales campesinas” es un acto irresponsable igual al que ocurrió hace más de veinte años cuando se entregaron parte de esas tierras a la Asociación de Trabajadores Agropecuarios Teniente Hugo Ortiz. De aquel grupo solo queda el nombre, el bosque talado y montones de carpetas en organismos estatales con proyectos de riego.

Los entendidos justifican con abundancia la razón de defender esta joya de la naturaleza. Dicen que es la barrera que impide el avance del desierto peruano. Es uno de los pocos bosques secos que quedan en el mundo y el único en América del Sur. La Reserva Ecológica de Arenillas es el Yasuní de la costa.

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